lunes, 23 de noviembre de 2009

El amor a la bandera

En septiembre pasado, en un blog de uno que no es amigo mío pero al que quiero y admiro, plasmó un reflexión titulada "La identidad en conflicto" comparando los sentimientos y símbolos patrios de México y de España. Si saco una referencia aquí de esa entrada es, lógicamente, porque te la recomiendo. ¡Ah! no te olvides de los comentarios y del vídeo que se acompaña.

2 comentarios:

Víctor dijo...

Buenas Civilis,

Esta entrada tuya, y la entrada a la cual te remites, me ha recordado el ensayo “La España invertebrada”, de Ortega. Si no te lo has leído, te lo recomiendo. Está escrito en 1929, sólo cuatro años antes de la proclamación de la II República, por lo que recoge muy bien el pensamiento de esa época. En el libro no se llega a hablar de la República, lógicamente, pero creo que la cuestión que planteas tiene una posible interpretación (no digo que sea la única) desde ese texto.

Se puede ver en la introducción de la bandera republicana, y en su posterior supresión, una manifestación del “particularismo” del que habla Ortega, sustentado en este caso en un criterio puramente ideológico. Nos identificamos con quienes piensan como nosotros –a los que consideramos nuestros iguales por ese solo motivo-, y no aceptamos tener que contar para nada (ni siquiera para formar parte de una misma nación) con aquellos a quienes, por tener una ideología distinta a la nuestra, percibimos como ajenos a nosotros.

Este asunto de la bandera es la escenificación más clara del enfrentamiento ideológico entre “la izquierda” y “la derecha”: cada uno con su bandera, como símbolo de que es la ideología lo que une a cada grupo… y de que el grupo constituye nuestra verdadera “nación”; como símbolo, asimismo, de que el pensamiento contrario es radicalmente inadmisible, y de que no hay nada, por encima de la ideología, que nos una a quienes lo profesan.

Esta situación –siguiendo el ensayo de Ortega- es propia de países viejos, como lo es España. No hay ningún país hoy en día que tenga su origen en el principio de la historia, todos van pasando. Los países, como las personas, nacen –de forma más o menos traumática-, tienen un período de juventud, otro de madurez, y finalmente mueren y desaparecen. Eso ha pasado con todos, y pasará con España.

México (como, en general, los países americanos), se encuentra en su juventud y conserva todavía el impulso de su proceso nacionalizador. Es normal que sus ciudadanos tengan ese fervor hacia sus símbolos. Pero también le llegará su hora como país. Dentro de muchos años (o siglos), cuando España (tal como ahora la conocemos), lleve ya tiempo extinguida, México también se aburrirá de si mismo, comenzará a cuestionarse su identidad… y terminará desapareciendo en la historia, como cualquier otro país.

En nuestro caso, formamos parte de un país que se encuentra en el ocaso de su existencia, lo que explica ese desarraigo general hacia sus “símbolos patrios”, o las tensiones nacionalistas cada vez más fuertes.

De modo que la desafección hacia los símbolos oficiales del país, tan extendida entre la población por unas u otras razones, sería perfectamente normal (siempre según Ortega).

La disolución de España será una perspectiva triste para muchos. Para otros muchos, en cambio, será un motivo de gran alegría, pues confían en que ello les deparará un futuro mejor. En cualquier caso, el camino no tiene marcha atrás pues forma parte de un proceso histórico, y entre “los tristes” no queda ya gente con ánimo ni fuerzas suficientes para revertirlo. El viento de la historia sopla en este caso a favor de “los alegres”.

Saludos,

civilis dijo...

Muchas gracias, Victor, por tu razonado comentario que, junto con el que ha dado origen a esta entrada, da mucho para pensar (y discurrir, que no es un mal ejercicio). Saludos.